El Lucero del Alba fue bien recibido en el grupo.
Se trataba de una de las criaturas más antiguas de la tierra... Junto a Júpiter y sus hermanos. Un ángel guardián, que al parecer había velado por la prosperidad de la humanidad hacía mucho tiempo.
Aún con ese deje de melancolía y tristeza que emanaba, su presencia pura y santa estaba prácticamente a la par de la de Neptuno.
En los próximos días, este peculiar grupo formado por siete demonios y dos criaturas celestiales se prepararía para su viaje.
Tras el largo consenso, la intención de ese equipo era viajar hasta Prontera y confirmar la fuente del mal que había sometido a los demonios. Lucifer y Neptuno se encargarían de traer a Marte de vuelta si es que realmente había estado actuando por su cuenta.
De Saturno no había noticias todavía, pero si lograban reunir a los cuatro hermanos...
Todavía había esperanzas de detener el desastre.
En una de las últimas reuniones, se había propuesto repetir el plan de hacía ya más de doce mil años. Dormir a Andrómeda, privarla de su sustento... Pero esta vez... Debían asegurarse de que no volvía a repetirse el cataclismo. Mercurio y Júpiter coincidían en que había llegado la hora de volver a convertirse en lo que habían sido antaño.
Cuando se acercaba el día del viaje, Júpiter y Mercurio lamentaron al principio no contar con hombres adicionales que pudiesen acompañar a Neptuno y los demás, pero... Realmente no era muy necesario. Neptuno era de lejos, la más poderosa de entre todos los hermanos, si bien odiaba luchar.
Los siete señores de los demonios eran sin duda poderosos, y además les acompañaba el Lucero del Alba...
Al final el viaje se retrasó dos días, pues Belphegor había intentado echarse atrás fingiendo encontrarse mal y Satán había iniciado un conflicto con Lucifer, el líder de los siete, cuando este se negó a dejarla atrás.
Finalmente la única solución pasó por preparar un carruaje tirado por dos dragones, especialmente para ella y Mammon, que sería quien acabaría conduciéndolo.
Por fin, tras solucionar los conflictos internos de los demonios... Partieron al alba...
Asmodeo salió temprano de los aposentos de Mercurio con toda la discreción posible, y más tarde se le unirían Lucifer, Beelzebub, Satán, Leviathán... Y Mammon, que llevaba a Belphegor en su carrito. Neptuno y el ángel de Kanassa, aguardaban en la plaza.
Neptuno, ahora vestida con ropas de viaje, volvió a mirar a sus dos queridos hermanos... Júpiter y Mercurio.
Volvió atrás sólo para abrazarlos una última vez antes de partir, y dedicó a ambos una mirada llena de ternura y amor fraternal.
-Estaré de vuelta antes de que os deis cuenta... Y volveré con la pequeña Marte sana y salva. Lo prometo. -Aseguró Neptuno.
-Eres a la única que va a escuchar. La última vez se puso a levantar siervos para competir conmigo... Tenía un demonio de barro, Dominika. La reconocerás por su forma, es más grande y llamativa que cualquier súcubo. Si la ves, sabrás que nuestra hermana efectivamente no anda muy lejos... Pero ve con los ojos bien abiertos, porfavor. El mundo se está viniendo abajo... -Respondió Mercurio cuando le tocó corresponder al abrazo de Neptuno.
Así... Tras intercambiar esas palabras con sus hermanos... El grupo partiría hacia el sur.
Atravesarían montañas heladas... Desiertos azotados por muerte y corrupción... Campos infestados de enormes abominaciones, y pequeñas poblaciones humanas que habían sido devastadas recientemente. Cualquier lugar por el que pasaban era tan o más desolador que el anterior.
Sería una travesía dura... Que duraría semanas. Y aunque los siete demonios estaban acostumbrados a esto, Neptuno y el Lucero del Alba estaban reviviendo con cada escenario un pasado lejano que todavía les atormentaba...
La destrucción, la muerte y la desaparición de toda criatura viva se cernía sobre el mundo sin nada que pudiesen hacer para evitarlo.
Y mientras ellos viajaban...
Una semana después de su partida, llegaría a la fortaleza la corte del cuarto de los hermanos. Saturno.
Se trataba de una criatura magnífica, más grande incluso que Mercurio, con unas alas de un tono azul muy oscuro. Sus ojos, al igual que los de sus hermanos brillaban con un tono sobrenatural, del mismo color que sus alas.
Quitando esos rasgos sobrenaturales que podían resultar intimidantes, Saturno era sin duda atractivo. Su voz proyectada y clara, el trabajado cuerpo que no se molestaba en ocultar tras una armadura, y esa mirada que derrochaba confianza, fuerza y sensualidad...
El hermano de Júpiter y Mercurio llegaría a caballo, encabezando un grupo numeroso de guerreros. A izquierda y derecha caminaba un grupo de Golems. Los había de magma, también de oridecon, y algunos estaban hechos de roca corrupta.
Tras ellos, dos orcos de brutal tamaño y musculatura exagerada, encabezaban lo que sin duda era... La horda orca al completo.
De no haber sido porqué en el caballo de Saturno había una mujer humana aferrada a su cintura, y le acompañaba otra muy de cerca, a caballo... Júpiter se habría equivocado con él esta vez. No había estado perdiendo el tiempo... Del todo.
La sorpresa sería grande... Aunque llegaba tarde para encontrarse con su hermana Neptuno.