No hacía mucho que había despertado. La magia, la energía desbocada, la guerra... Y cuando lo hizo sospechó de inmediato la magnitud de lo que ocurría. Se había sumado automáticamente a la guerra sin preguntar, sin hacer nada salvo aceptar las circunstancias en las que había despertado tras tantos... tantos... tantos años de letargo.
Júpiter llegó al Norte y una sonrisa escapó de sus labios. Había recibido la nota en medio de la guerra, de combates que no dejaban margen de descanso. La recibió como una gota de aliento fresco y ansió con ganas el encuentro. Los humanos no le caían bien. No dejaban de repetir los mismos errores, milenio tras milenio. No aprendían y no parecían dispuestos a escuchar. La ambición, la violencia, la ira, las ganas de manejar poderes que escapaban a su comprensión y manejo... ¿Aquel apocalipsis en el que se debatían habría sido también culpa suya?
Dejó a un lado pensamientos tan oscuros y acudió al encuentro de aquel al que llamaba con orgullo y cariño, hermano. Deseaba verles y esperaba que acudieran todos. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez y les echaba de menos.
Al encontrarse con Mercurio respondió a la efusividad del saludo con afecto. Le sorprendió ver un dragón sin encadenar a su lado. Y un dragón blanco además, algo realmente difícil de ver en aquellos tiempos. Se preguntaba cuánto habría cambiado Mercurio para aceptar la presencia de semejante animal a su lado.
Escuchaba las noticias de Mercurio reconfortada por el calor que desprendía la chimenea y escuchaba atenta. Al principio sonrió al escuchar el nombre de Marte. Su sangre, la pequeña a la que protegían y a quien mimaba, tal vez y de forma inconsciente, demasiado.
A medida que recibía más información su rostro iba endureciéndose, sabedora de la gravedad de lo que estaba sucediendo y del cómo. Confirmar que los humanos estaban tras aquel nuevo desastre no fue muy decepcionante pues era su mayor temor. Pero almenos, tanto él como Marte hacían algo para evitarlo, para arreglarlo. No todo estaba perdido. Abrazó a Mercurio en un intento de ánimo del que ella tampoco estaba muy segura de si era capaz de transmitir. Pero tenían que intentarlo. Tenían que vencer. Lo lograrían.
Le preguntó por los demás pero no había noticias aún.
Júpiter no tenía mucho que contar, lamentaba haber tardado tanto en despertar y haberse incorporado tan tarde. Dio algunas ideas sobre cómo avanzar, cómo abrirse frente en la batalla.
Cuando las puertas se abrieron, cuando entró ella, cuando escuchó su voz... el corazón se le detuvo por un instante. Neptuno... y para Júpiter era como si la estancia entera se llenara de luz. Amaba a Neptuno profundamente, era su hermana, su mejor amiga, era un ejemplo para ella, que a veces pecaba de rectitud.
Los tres hermanos se fundieron en un cálido abrazo, reconfortados por el encuentro. Júpiter lo prolongó un poco más. Ver a Neptuno de nuevo, tras tanto tiempo, era maravilloso.
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