El cielo estaba totalmente teñido de rojo. El viento ululaba a todas horas, en todas partes, trayendo consigo el lamento de la muerte.
Se mirase donde se mirase, el paisaje era desolador.
Fuego, destrucción... Y desde hacía unos años, además, hordas de todo tipo de criaturas aberrantes que parecían salidas de una pesadilla.
El Caos dominaba la tierra y poco a poco, la calamidad conocida como "Andrómeda" consumía un mundo que había sido muy hermoso.
Tras la caída de Yuno de los cielos, y la desaparición de los últimos héroes que habían tenido el valor de intentar detener el cataclismo, el futuro parecía aciago no sólo para la humanidad, si no para toda criatura.
Pero a pesar de eso, todavía no parecía que todo estuviese perdido.
En el pasado Ellos habían sido capaces de detener una catástrofe muy similar... Gracias a la unión de sus fuerzas, y la ayuda de sus ángeles.
Puede que ahora fuesen otros tiempos. Puede que los ángeles hubiesen perdido su gracia mucho tiempo atrás. Estaba claro que solos no podrían detener lo inevitable... Y era por eso que se había puesto en marcha un plan. Uno que requería a todos los hermanos juntos.
En esa reunión iban a verse por primera vez en cientos, o tal vez miles de años.
Su hermano Mercurio les había enviado una carta a todos. Y aunque realmente no eran hermanos biológicos, salvo una excepción en el grupo que sí tenía lazos de sangre... Hacía mucho que habían aprendido a considerarse así.
Era difícil que todos los hermanos se llegasen a reuniesen allí. No había garantías de que las cartas llegasen a todos ellos. Ni siquiera estaba clara su ubicación. Los mensajeros habían partido buscando a sus destinatarios guiándose por poco más que rumores acerca de seres alados de gran poder que luchaban activamente para frenar la corrupción que se extendía por el mundo.
La idea era reunirse en la capital del Norte. Nohr.
Era una ciudadela militarizada y defendida por un enorme castillo, que según parecía... Gobernaba Mercurio.
La carta mencionaba que el trono había sido ocupado antes por un antiguo rey humano que había servido a Mercurio tiempo atrás. Pero según decía su hermano, ahora el castillo le pertenecía y era un lugar fácil de defender, desde donde podían reunirse y planificar sus movimientos.
Allí es donde se verían de nuevo...
La primera en ser recibida por el autoproclamado Rey del Norte, fue Júpiter.
Había llegado por la mañana, y Mercurio la había recibido con efusividad. Dado que al guerrero nunca le habían gustado las bestias, fue una sorpresa para Júpiter comprobar que Mercurio tenía un dragón precioso de color blanco puro a su lado. Sin encadenar, además.
Así, ante el crepitar del fuego de una chimenea humana... Mercurio la puso al día.
Le contó cómo había sido su hermana pequeña Marte quien había despertado de su letargo en la piedra tiempo atrás...
Cómo le había despertado a él, y... Cómo habían percibido el peligro del inminente despertar de Andrómeda.
Mercurio no escatimó en detalles... Y así Júpiter se enteró de quienes habían sido Chen Tao y Tofu Mao, los artífices de una maniobra que pretendía despertar a Andromeda a través de un jade sobrecargado de poder, para usarla como arma de destrucción en contra de una nación vecina.
También le habló de Las Naciones Unidas, y su líder... Y de cómo él y la pequeña Marte habían intentado detener a la humanidad.
El Rey del Norte relataba con amargura como los seres humanos se habían hecho fuertes a través de las máquinas y la tecnología... Y cómo fue derribado en combate.
No sería hasta pasada media tarde... Cuando ya no tenían más historias que contarse, que ella entró al castillo.
Mercurio poseía una presencia fuerte. Era un guerrero formidable, y eso se sabía con sólo ponerle la vista encima.
Júpiter, por su parte era una criatura majestuosa. Era hermosa, pero su presencia casi sobrentural podía resultar escalofriante ya entonces.
Y luego estaba... Neptuno.
Cuando las puertas del gran salón se abrieron y ella entró, se hizo el silencio. Venía acompañada por otras siete figuras que parecían escoltarla, pero ella iba al frente.
Neptuno era probablemente la criatura más maravillosa y también más bella que quedaba en la tierra en ese momento.
Era una caballera, pero a diferencia de sus hermanos, no infundía miedo ni tampoco resultaba intimidante.
Lo que Neptuno infundía era... Simple y llanamente, ternura. Amor.
Su larga cabellera lucía una tonalidad rosada, que quedaba parcialmente tapada por una gran cornamenta retorcida similar a la de un carnero. Sus ojos verdes se iluminaron al encontrarse con los de sus hermanos, antes de que corriese a sus brazos.
-¡Júpiter! ¡Mercurio! ¡Hermanos míos...! Estaba tan preocupada por vosotros...
No hay comentarios:
Publicar un comentario